Panamá

Crítica Panameña: Caja Rápida – un vistazo al Panamá “under”

Caja Rapida Poster

Son pocas las veces en que un retrato cinematográfico de nuestro país funciona también como una muestra de nuestras capacidades en términos de escenarios y diversidad de locaciones para filmar. En eso, Caja Rápida sorprende por su impulso de mostrar un Panamá neo-noir. El Dorado, Clayton, el área industrial de Curundú y Costa del Este: todo esto resulta un acierto dentro de una conjunción de mundo y creación de una narrativa visual coherente.

Dirigida por Jeico Castro Ferrari y escrita por Aldo Rey Valderrama, Caja Rápida sigue a un director de publicidad que, dos años después de salir de prisión, intenta reconstruir su vida en una ciudad que no parece dar segundas oportunidades. Desesperado, acepta participar como conductor en un asalto bancario que en apariencia sería sencillo, pero que pronto deriva en una espiral de violencia y traiciones al descubrir que sus compañeros no son simples ladrones, sino asesinos con sus propias reglas. Con un reparto encabezado por Andrés Morales, Julio Chamorro, Nick Romano, Juan David Guardia y Marvis O. Pittí, la película deja claro desde su planteamiento que su ambición no está solo en narrar un crimen, sino en hacerlo desde unos códigos de género bastante marcados.

Y es justamente ahí donde empieza su reto más delicado. Una vez la película pone en marcha esa premisa, Caja Rápida deja de ser solamente un ejercicio atractivo de estilo y se convierte en una obra más debatible, no por falta de ideas, sino por la dificultad de hacer que su tono, sus actuaciones y su peso dramático convivan bajo una misma lógica.

Yo diría que su mayor fricción está en la mezcla de tonos. Esa convivencia tan marcada entre registros vuelve la cinta por momentos algo dispareja, y uno de los ejemplos más evidentes está en el personaje del Gordo, interpretado por Juan David Guardia. Como alivio cómico, su presencia se siente excesivamente caricaturesca, salida de onda frente al resto del universo que la película intenta construir. No se trata de exigir un realismo absoluto ni de negar el espacio para la exageración, pero sí de reconocer cuando un personaje deja de dialogar con una verosimilitud panameña reconocible y empieza a sentirse como una figura demasiado forzada, casi importada de otra película. Ahí la comicidad no expande el mundo de Caja Rápida; más bien lo desacomoda. Las actuaciones, en general, no siempre encuentran un balance claro dentro de esos códigos. Marvis y Nick tiran la casa por la ventana con tonos fijos y bien adaptados a la idea de sus personajes: interpretaciones dignas, digamos, de una película de Rápido y Furioso. Pero el sobre-drama, los gritos y cierta idea de cine palomero de inicios de los 2000 no necesariamente juegan a favor en momentos clave de la trama.

A eso se suma una edición que tampoco siempre ayuda a sostener el tono. Hay decisiones de montaje que buscan enaltecer el drama —primerísimos planos, tomas excesivamente cerradas, momentos que rozan una especie de cámara lenta emocional—, pero que terminan subrayando demasiado lo que la escena ya estaba intentando comunicar. En otros momentos, apariciones como las de Chechi irrumpen de una manera tan extraña que rozan lo arbitrario, casi como un deus ex machina descompuesto, más cercano a un atajo narrativo que a una progresión orgánica del relato. En ese sentido, parte de la narrativa no se ve fortalecida por la edición, sino empujada hacia decisiones cuestionables que terminan debilitando la cohesión emocional de la película.

Jeico Castro, director y cinematógrafo, parece buscar de alguna manera encarnarse en su personaje principal, haciéndolo publicista como él. Muy probablemente haya allí algo íntimo, incluso algo aspiracional: una especie de sueño mojado dentro de una sequía de trabajo, tal como lo pinta la historia. Y eso, en realidad, vuelve la película aún más interesante como gesto personal. Quedan ganas de ver una continuación. Por eso mismo, en lo personal, no habría terminado el filme como termina, aunque esta apreciación responde más a un interés por ver hacia dónde más podía llevar su mundo que a un simple desacuerdo con su cierre.

Pienso, además, que esta impresión conecta con algo que veo en muchos filmes panameños hoy en día. Escucho con frecuencia que la crítica, al salir de estas películas, las tilda de “muy lineales” o de tener “actuaciones deficientes”, pero no siento que ese sea siempre el diagnóstico más preciso. Muchas veces el asunto no está en la linealidad ni siquiera en la ambición de los registros, sino en la traducción de un guión a la pantalla, en cómo una idea escrita encuentra —o no— una forma viva dentro de nuestra sensibilidad, nuestro ritmo y nuestra manera de habitar el mundo.

Ahí es donde, para mí, aparece algo esencial: cómo panameñizar lo que estamos viendo. No se trata de pedirle al cine panameño una obediencia absoluta a la realidad, ni de negar la estilización, la exageración o el género. Al contrario: parte del placer de Caja Rápida está justamente en atreverse a imaginar un Panamá más cargado, más nocturno, más criminal, más “under”. El problema no está en esa ambición, sino en que algunos de sus elementos no terminan de asentarse dentro de una temperatura local convincente. En Caja Rápida, lo panameño queda bastante claro en sus espacios, en su textura urbana y en ese deseo de reimaginar el país desde otro lente; pero personajes como el Gordo, o ciertas irrupciones narrativas y decisiones de montaje, empujan a la película hacia una exageración que no siempre se siente nacida de aquí. No porque Panamá no pueda ser excesivo, raro o violento, sino porque esa exageración necesita una respiración propia, una lógica interna más orgánica. Y allí está, para mí, la tensión más interesante de la película: no en lo que quiere ser, sino en cómo acomoda ese deseo dentro de una identidad reconocible.

Eso es, quizás, lo que vuelve a Caja Rápida una película imperfecta pero valiosa de explorar. Está guiada por personajes muy peculiares, por vistas reimaginadas de nuestro país y por una voluntad clara de construir universo. Más que una película cerrada sobre sí misma, se siente como una búsqueda. Y eso también tiene valor.

Me quedo, sobre todo, con curiosidad por ver cómo evoluciona Jeico y qué nos trae después: si será más matadera, algo más romántico o más grounded —tal vez un drama familiar, de esos que sobran en nuestro país, pero no tanto en el cine—, o si se irá todavía más a fondo en el género criminal, algo que me interesaría muchísimo, siempre y cuando se cuide la verosimilitud. Quién sabe, en alguna otra dimensión, Caja Rápida 2 ya se convirtió en la película más taquillera de Panamá.

Trailer:

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